No sé si es que tengo sobredosis de epistemología o me copé con Feyerabend y me pegó mal. El punto es que tras la sesión de psicoanálisis del otro día, me quedé pensando acerca de como la inteligencia es, en buena medida una herramienta adaptativa de supervivencia.
Por decirlo de alguna forma, la inteligencia se desarrolla en la medida de la necesidad del caso en la mayoría de las veces por lo que responde más a una cuestión situacional que a una virtud específica del individuo. Claro que esto no es totalmente cierto, dado que tiene que estar el germen capaz de desarrollarse en genialidad.
El punto es que estuve reflexionando sobre la constitución de mi inteligencia y me di cuenta que se activa cuando estoy en condición defensiva o de ataque. Lo comparto como una curiosidad, casi como un hallazgo (igual siempre que pienso que descubrí algo ya fue descubierto por alguien o es un concepto recontra conocido que ignoraba). El punto es que en función del origen del desarrollo de nuestra inteligencia el esquema de pensamiento podría estar permeado o estructurado sobre emociones.
En este sentido, las ideas responderían a valores o a sensaciones y activarían procesos profundos que poco tienen que ver con el fonema o con la palabra. Poder desentrañar la psicología del lenguaje propio, entender por qué usamos unas palabras y no otras, por qué empleamos determinadas combinaciones, qué queremos decir cuando decimos… y no lo agoto en la intención mentada.
Quizás el juego más interesante está en entender el propio entendimiento.
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